Esa noche me levanté de madrugada y no me pude dormir más. ¿La causa? Ni yo misma lo sé.
Miré el reloj de mi mesita de noche y eran las 5:30 de la mañana. Como no podía dormir me vestí, cogí mi túnica, mi bolso y con cuidado de que nadie me viera fui a los alrededores del castillo a pasear. Era algo que me relajaba bastante.
Caminando y caminando acabé en la entrada del bosque prohibido, me daba un poco igual, aun que si me descubrían me iba a caer un buen apuro.
Saqué mi varita, conjuré un "Lumos", para que me ayudara a ver bien por donde pisaba y me adentré en el bosque.
La Luna estaba completamente llena y amarilla, aun que no tardaría mucho en perder su brillo, ya que iba a comenzar a amanecer.
Fui caminando poco a poco, inmersa en mis pensamientos, pero algo me dejó paralizada. No podía moverme ni objetar palabra.
A unos pocos metros de mí había un licántropo que me miraba. Me esperé lo peor, pero no sucedía nada. Vi como en su pelaje había sangre, estaba malherido, eso me dio pena, pero estaba segura de que si no lo estuviera, me hubiera atacado sin pensárselo dos veces.
La luz del sol comenzó a penetrarse entre las ramas de los árboles y licántropo miró hacia ella. Me miró por últims vez y salió corriendo.
Lo miré mientras huía, pero a mitad de camino cayó al suelo. Estaba volviendo a su forma humana.
El cuerpo de un chico cayó al suelo. De un momento a otro reaccioné y comencé a correr. Cuando llegué vi al chico desplomado en el suelo, desnudo, cosa que hizo sonrojarme, pero ver las heridas y la sangre que tenía por todo el cuerpo me devolvió a la situación.
Me quité la túnica, se la puse encima y me arrodillé a su lado.
—Oye, chico – dije quitándose un mechón de pelo de la cara.
Se movió e hizo una mueca de dolor. Abrió un poco los ojos y me miró desorientado. Me quedé embobada al verlos. Tenía unos ojos azules, tan azules como el color del mar. Hechizaban con solo mirarlos.
—¿Qué haces aquí? – dijo el chico con voz ronca, consiguiendo sacarme de mis pensamientos.
Volvió a hacer una mueca de dolor y se agarró el abdomen.
—He visto como te caías al suelo y he venido a ayudarte. ¿Estás bien?
Se intentó levantar un poco pero se quejó de dolor, así que lo intenté ayudar a levantarse.
—Hombre, muy bien no estoy, pero podría estar peor, no me quejo – bromeó.
Sonreí, pero se quitó la mano del abdomen y vi que tenía una profunda herida que no paraba de sangrar. La sonrisa se me fue del rostro.
—Tu herida no dice lo mismo.
—No te preocupes. Busca algo de musgo, ayudará a parar la hemorragia –dice mirándome .
Comencé a mirar y vi entre las raíces de un árbol, que sobresalían del suelo, mucho musgo. Fui rápida, cogí todo el que me cabía en las manos y volví hacia el chico.
—¿Es suficiente?
—Sí, basta – dijo apoyándose en sus codos –. Ponlo encima de la herida y presiona, por favor – hice lo que él me dijo y comenzó a soltar alaridos de dolor –. ¡Agg! – lo miré con el ceño fruncido y dejé de apretar un poco – No dejes de... ¡Ah! No dejes de apretar.
Veía su cara de dolor, pero aun así lo aguantaba, a pesar de estar sufriendo. Era impresionante como aguantaba.
Estuvimos un rato en silencio hasta que con su mano rozó la mía delicadamente y apartó un poco el musgo de la herida.
—Ya se ha cortado. Muchas gracias... Esto...
–Lara, me llamo Lara Hoff.
—Muchas gracias, Lara –intentó esbozar una sonrisa.
—¿Me podrías ayudar a levantar? – dijo mirándome con esos ojos azules.
—Claro –dije levantándome y ayudándolo para que se pudiera poner de pie.
Sujetaba la túnica. No quería que se le cayera, ya suficiente pudor pasaba con tener que verlo semi desnudo, como para verlo desnudo entero.
Una vez estuvo de pie se colocó la túnica bien.
—Supongo que esto es tuyo – sonrió y asentí.
Comenzamos a andar lentamente.
—Creo que tú ahora la necesitas más que yo –reí y él me acompaño riendo, pero se encogió una vez más por el dolor del abdomen –. Ya me contarás algún día qué te ha pasado – sonreí y me miró con otra sonrisa, la verdad es que parecía cansado –. Vamos, anda, te llevaré a la enfermería.
El camino se hizo bastante ameno, me encontraba a gusto a su lado.
Cuando llegamos al castillo lo llevé a la enfermería y allí se quedó, hasta que se recuperó del todo. Cuando podía iba a visitarlo, para ver como se encontraba.
Algo había despertado en mí. Algo que no había sentido nunca.
Eso es todo, hasta hoy.
¿Su nombre?
Dejemoslo en X.
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